—Entonces debiste pensar en tu familia antes.
Intentó tomarme la mano.
La retiré.
—¿Qué quieres que haga?
—Nada.
Aquello pareció sorprenderlo más que cualquier otra cosa.
—¿Nada?
—No quiero que me prometas nada. No quiero revisar tu teléfono. No quiero convertirme en policía de mi propio matrimonio. Y tampoco quiero competir con Valeria.
—Ella no significa…
Lo interrumpí.
—No la insultes ahora para hacerme sentir mejor. Si estuviste ocho meses con ella, significaba suficiente como para arriesgar todo esto.
Roberto se quedó en silencio.
Le pedí que se marchara temporalmente.
No quería escenas delante de nuestros hijos.
Mateo tenía diecinueve años.
Camila, dieciséis.
Ambos entendieron que ocurría algo.
No les contamos detalles inmediatamente.
Solo dijimos que su padre y yo estábamos atravesando una separación.
Ese mismo día contacté a una abogada.
No porque quisiera destruir a Roberto.
Ni porque quisiera quedarme con todo.