La amante de mi esposo me envió una foto para humillarme, pero no esperaba mi respuesta.

—No ha dormido aquí ni una sola noche.

Valeria dejó escapar un insulto.

Entonces me explicó.

Ahora que yo había iniciado el divorcio, Roberto parecía estar perdiendo interés en ella.

Cancelaba encuentros.

No respondía llamadas.

Decía que estaba confundido.

Y aparentemente existía otra mujer.

No sentí satisfacción.

Al menos no la que pensé que sentiría.

Solo vi con claridad algo que Valeria todavía estaba aprendiendo.

Ella había creído que el problema era yo.

Que si yo desaparecía, tendría al hombre perfecto.

Pero yo nunca fui el obstáculo.

El problema era Roberto.

—¿Sabes quién es la otra? —preguntó.

—No.

—¿No quieres saber?

—No.

—¿Cómo puedes estar tan tranquila?

Miré alrededor de mi casa.

Durante semanas había llorado.

Había tenido noches horribles.

Había dudado de mí misma.

Pero también estaba comenzando a sentir algo que llevaba años perdiendo.

Paz.

—Porque ya no es mi problema.

Colgué.

Roberto regresó meses después.

No para vivir.

Para hablar.

Parecía más delgado.

Había terminado con Valeria.

La otra mujer aparentemente tampoco había sido nada serio.

Se sentó en el mismo lugar de la cocina donde meses antes me había pedido que no destruyera nuestra familia.

—Estoy yendo a terapia —dijo.

—Me alegra.

—Entendí muchas cosas.

No respondí.

—No fue culpa tuya.

Aquello me molestó.

—Nunca pensé que lo fuera.

En realidad sí lo había pensado.

Durante las primeras semanas me pregunté si debí ser más cariñosa.

Más delgada.

Más divertida.

Más joven.

Más atenta.

Después comprendí que una relación puede tener problemas y aun así existen muchas alternativas antes de engañar.

Hablar.

Pedir ayuda.

Separarse.

Divorciarse.

La infidelidad había sido una decisión suya.

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