La amante de mi esposo me envió una foto para humillarme, pero no esperaba mi respuesta.

Ayudaba a Mateo con la universidad.

Visitaba a mi madre.

Pagaba facturas.

Vivía.

Desde afuera, nuestra familia continuaba funcionando.

Hasta aquella foto.

La mujer se llamaba Valeria.

Lo descubrí porque el perfil de mensajería mostraba su nombre después de guardar temporalmente el número.

Era hermosa.

Probablemente diez años menor que yo.

Cabello largo.

Maquillaje impecable.

Una figura espectacular.

Durante unos segundos hice algo que ahora considero inútil pero profundamente humano.

Me comparé.

Miré mi cuerpo.

Las pequeñas cicatrices.

Las líneas de expresión.

El vientre que nunca volvió a ser completamente plano después de dos embarazos.

Entonces miré nuevamente la fotografía.

Valeria sonreía como alguien que esperaba verme destruida.

Y fue precisamente eso lo que evitó que me derrumbara.

No sabía nada de mí.

No sabía que yo había conocido a Roberto cuando no tenía un peso.

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