Yo sabía que Carlos, el dueño del taller, tenía casi sesenta años y jamás había llamado “amor” a Roberto delante de mí.
Pero asentí.
No quería discutir.
Ese fue mi error.
No confiar en él.
Sino desconfiar de mí.
Durante los meses siguientes la distancia aumentó.
Roberto comenzó a inventar viajes de negocios los fines de semana.
En nuestra intimidad parecía ausente.
Cuando yo intentaba hablar sobre nosotros, respondía que estaba cansado.
Una noche le pregunté directamente:
—¿Hay otra persona?
Se enfadó.
Muchísimo.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Una muy sencilla.
—Estoy trabajando como un animal para que ustedes tengan todo y tú me recibes acusándome.
Terminó durmiendo en otra habitación.
Al día siguiente me pidió disculpas por haber gritado.
Pero nunca respondió realmente a la pregunta.
Yo seguí adelante.
Preparaba desayunos.
Llevaba a Camila a sus clases.