La amante de mi esposo me envió una foto para humillarme, pero no esperaba mi respuesta.

Meses atrás quizá habría dado cualquier cosa.

Pero ahora no sentía lo mismo.

—No quiero volver.

Roberto lloró.

Yo también.

Porque terminar un matrimonio de dieciséis años no deja de doler simplemente porque tengas razones.

No odiaba a Roberto.

Probablemente una parte de mí siempre lo amaría.

Pero amar a alguien no significa que tengas que continuar viviendo con él.

El divorcio se completó casi un año después de aquella fotografía.

Fue doloroso.

También fue sorprendentemente civilizado.

Vendimos la casa.

Dividimos nuestros bienes según el acuerdo.

Yo recibí la parte que legalmente me correspondía.

Roberto continuó con su empresa.

Nuestros hijos mantuvieron relación con ambos.

Nunca les pedí que eligieran.

Valeria desapareció completamente de nuestras vidas.

Tiempo después me escribió un último mensaje.

“Quería pedirte perdón. Pensaba que habías ganado tú durante todos esos años y que ahora me tocaba ganar a mí. Después entendí que ninguna estaba ganando”.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *