Regresé de seis meses fuera y lo primero que vi fue a mi hermana muerta; después aparecieron sus 4 hijos, flacos, asustados y viviendo de las últimas galletas de la despensa. “El tío dijo que no abriéramos la puerta”, confesó la mayor. No hice preguntas delante de ellos: los saqué de allí y volví sola, sin imaginar que encontraría la prueba que podía destruir a nuestra propia familia…

Un agente más joven, Óscar Medina, apareció con una carpeta.

—Solo necesitamos su firma para dejar asentados los antecedentes médicos.

Leí el documento.

En una de las líneas ya aparecía escrita la frase: probable muerte por causas naturales.

Le devolví la pluma.

—No voy a firmar eso hasta que exista una necropsia completa.

Su expresión cambió.

—Señorita Álvarez, créame, estas cosas son dolorosas, pero complicar el procedimiento no ayuda.

—¿Complicarlo? Hay una mujer muerta y cuatro niños que parecen no haber comido en semanas.

Entonces Camila tiró de mi manga.

—Tía… nosotros comíamos galletas.

Me agaché.

—¿Qué quieres decir?

—Mamá dejó de despertarse y nadie vino. El tío Adrián nos había dicho que si pasaba algo no saliéramos de la casa porque el DIF nos iba a separar. Yo tenía miedo. Encontré arroz, cereal y unas galletas… y las repartía.

Me quedé helada.

Habían sobrevivido casi dos semanas prácticamente solos.

Pregunté quién había ido a verlos.

Camila pensó unos segundos.

—Don Julián, el vecino. Al principio nos traía comida por la ventana de atrás. Un día dijo que iba por leche… y ya no volvió.

Miré al comandante Salgado.

Luego miré a Medina.

Uno parecía preocupado.

El otro parecía desesperado por terminar aquello.

Esa noche llevé a mis sobrinos a mi departamento temporal. Cuando finalmente se durmieron, regresé a la casa de Mariana para recoger ropa.

En el cuarto de Renata encontré un oso de peluche con una costura gruesa que nunca había visto.

Abrí cuidadosamente el hilo.

Dentro había una memoria USB envuelta en plástico.

Y en ese instante escuché un ruido detrás de mí.

Camila estaba en la puerta.

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