PARTE 1
—Tu hermana murió de un ataque de asma. Firma aquí y podremos cerrar el caso —me dijo el agente, mientras mis cuatro sobrinos, flacos, sucios y aterrados, se aferraban a mi ropa como si alguien fuera a arrancármelos de los brazos.
Me llamo Daniela Álvarez, tengo 29 años y trabajo como analista financiera en Ciudad de México. Había pasado seis meses en Monterrey coordinando una auditoría y, al terminar, manejé directamente hacia Querétaro para sorprender a mi hermana Mariana y a sus hijos.
Llevaba regalos, dulces y una muñeca que mi sobrina menor, Renata, me había pedido antes de que yo me fuera.
Pero cuando llegué, la puerta principal estaba sin seguro.
Apenas entré sentí un olor insoportable.
—¿Mariana?
Nadie respondió.
Dejé las bolsas en el piso y avancé hacia la sala.
Entonces la vi.
Mi hermana estaba inmóvil sobre el sofá.
No grité. Creo que mi cuerpo simplemente dejó de reaccionar.
De debajo de la escalera aparecieron cuatro niños.
Camila, la mayor, de trece años, sostenía un bat de aluminio con las dos manos. Detrás de ella estaban Mateo, de diez; Sofía, de siete, y Renata, de apenas cinco.
Los cuatro habían perdido peso de una manera aterradora.
Renata caminó hacia mí y preguntó:
—Tía… ¿por qué mamá no despierta?
La abracé mientras llamaba al 911.
Horas después, la casa estaba llena de paramédicos, policías municipales y personal de la Fiscalía. Un comandante llamado Héctor Salgado me explicó que habían encontrado un expediente médico antiguo donde constaba que Mariana había padecido asma severa cuando era adolescente.
—Todo indica una crisis respiratoria —dijo.
—Eso es imposible. Mariana fue operada hace años. Tenía seguimiento médico y llevaba muchísimo tiempo estable.