Busqué hasta encontrar una copia del acta constitutiva original.
Leí mi nombre.
Luego el porcentaje.
Volví a leerlo.
35%.
Sentí algo extraño.
No satisfacción.
No venganza.
Algo mucho más frío.
Durante casi 30 años, el hombre sentado afuera había contado la historia de cómo había construido una empresa desde cero.
Pero en aquella carpeta estaba la parte de la historia que nunca mencionaba.
Escuché sus pasos acercándose.
Guardé todo rápidamente.
Mi esposo apareció en la puerta.
—¿Qué haces aquí? Los muchachos esperan la comida.
Levanté la mirada.
—Ya voy.
Él sonrió.
—Eso. No te compliques la vida.
Cerré la carpeta azul.
Por primera vez en 32 años de matrimonio, su tono no me hizo sentir pequeña.
Me hizo sentir despierta.
A la mañana siguiente, mientras él estaba en el gimnasio, llamé al número que aparecía en una tarjeta vieja dentro de la carpeta.
El notario ya había fallecido.
Pero su despacho seguía funcionando.
La mujer que respondió buscó mi nombre.
Guardó silencio unos segundos.
Después dijo:
—Señora, creo que debería venir personalmente. Hay documentos posteriores relacionados con usted.
—¿Qué documentos?
La mujer respiró.
—Su esposo intentó modificar algo hace 6 años.
Y necesitaba su firma.