Cuando nació el quinto, dejé de decir que algún día volvería a trabajar.
Después llegaron otros.
Once en total.
Nuestro hijo menor tenía apenas 5 meses.
Mientras yo aprendía a dormir en períodos de 2 horas, mi esposo construía su empresa de distribución de maquinaria.
Mientras yo preparaba 7 loncheras antes de las 6:30 de la mañana, él tomaba vuelos a Monterrey, Cancún o Houston.
Mientras yo pasaba noches enteras con niños enfermos, él iba al gimnasio.
Y cuando regresaba de sus viajes diciendo que estaba agotado, yo le calentaba la cena.
Lo peor era que jamás había pensado que él me debía algo.
Yo había elegido aquella vida porque creía que la habíamos elegido juntos.
Esa noche entendí que para él mi sacrificio no había sido amor.
Había sido comodidad.
Abrí un cajón buscando servilletas y vi una vieja llave pequeña.
Entonces recordé algo.
Subí al dormitorio, saqué del fondo del clóset una caja de documentos que llevaba casi 20 años sin abrir y me senté en el piso.
Allí estaban mi título universitario, certificados viejos, fotografías y una carpeta azul.
La abrí.
Encontré la escritura de nuestro primer departamento.
Después, un contrato fechado 29 años atrás.
Cuando mi esposo quiso abrir su primer negocio, ningún banco quiso prestarle suficiente dinero.
Mi padre acababa de morir.
Yo había recibido una pequeña herencia y vendí un terreno que él me había dejado en Zapopan.
Ese dinero fue el capital inicial.
Mi esposo insistió entonces en que todo quedara formalizado.
“Para protegerte”, me había dicho.
Yo había firmado documentos ante notario y luego olvidé el asunto entre embarazos, pañales y escuelas.