Valeria la miró.
—¿Qué estás insinuando?
Paola señaló al hombre.
—Desde que entró, me dio mala espina.
El hombre bajó la mirada.
—Yo no tomé ningún anillo.
—Claro —respondió Paola—. Los pobres siempre tienen mañas.
Valeria sintió que la sangre le hervía.
—No vuelvas a decir eso.
—¿Por qué? ¿Te ofendiste?
—Porque no tienes ninguna prueba.
El gerente levantó la mano.
—Basta.
Después miró al hombre.
—Necesito revisar su mochila.
El hombre entregó la mochila sin protestar.
El gerente la abrió.
Dentro había una botella de agua, una libreta, un teléfono viejo y la bolsa de mandado.
Nada más.
Paola insistió.
—Revísala bien.
El gerente sacó cada objeto.
Nada.
—No hay nada —dijo.
Paola frunció el ceño.
—Entonces que revise sus bolsillos.
El hombre levantó los brazos.
—Háganlo.
El gerente revisó los bolsillos.
Nada.
Valeria observaba en silencio.
Hasta que escuchó algo.
Un pequeño sonido metálico.
Miró hacia el suelo.
Debajo de una de las vitrinas había algo brillante.
Se agachó.
Era el anillo.
Lo sostuvo entre dos dedos.
—Aquí está.
Todos quedaron en silencio.
Paola dio un paso atrás.
—¿Cómo llegó ahí?
Valeria levantó la mirada.
—Eso mismo me pregunto yo.
El gerente tomó el anillo.
—Voy a revisar las cámaras.
Paola perdió la sonrisa.
—No hace falta.
El gerente la miró.
—¿Por qué no?
—Porque seguramente se cayó.
—Entonces las cámaras lo confirmarán.
Paola no respondió.
El hombre que había entrado con la ropa vieja observaba todo con una calma extraña.
Entonces sacó su teléfono.
—Creo que sí hace falta revisar las cámaras.
El gerente lo miró.
—¿Por qué?
El hombre desbloqueó el teléfono.
—Porque yo también tengo una.
Todos lo miraron.