la cara de su madre.
—Menos los ojos verdes —agregué—. Esos ojos siempre la hacían destacar.
Carol giró suavemente el rostro hacia el otro lado.
—Sí… definitivamente sí.
Se quedó en silencio unos instantes.
—A tu madre le habría encantado verla adulta.
Pensé en Ruth, mi mamá, muerta ya hacía una década. Todavía había gente en Millfield que la recordaba como una santa. Había enseñado catecismo por cuarenta años y jamás dejó de llevarle una cazuela caliente a algún vecino de luto.
—Mamá la habría malcriado sin medida.
De pronto, los dedos de Carol se cerraron con fuerza sobre los míos.
—Walt, dime… ¿he sido una buena esposa contigo, verdad?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—Has sido lo mejor que me ha pasado en la vida.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Necesito que me prometas algo. Y quiero que digas que sí antes de saber qué es.
Después
de tantos años juntos, no había motivo para dudar.
—Lo que quieras.
Ella tomó aire despacio.
—Busca a Anna, por favor. Cuando la encuentres vas a entender todo. Y perdóname… perdóname desde ya.
El nombre cayó dentro de mí como una piedra en un estanque quieto. Anna. Una mujer a la que no había visto en cuarenta años.
—Carol, ¿de qué me estás hablando? ¿Cuál Anna? ¿Perdonarte por qué?
Ella apenas movió la cabeza, con los labios apretados, como si decir una palabra más pudiera romper algo definitivo. Una enfermera apareció en la puerta y me indicó, con suavidad, que Carol necesitaba descansar. Me incliné, le besé la frente y salí al pasillo con el corazón golpeándome contra las costillas.
Una promesa hecha al borde de la muerte
Tres días después, Carol ya no estaba. La casa en Maple Street se sentía vacía de una manera que yo no sabía