—¿Y crees que hacerme sentir fea va a conseguir que me quede contigo?
Damon levantó la cabeza.
—No.
—Entonces, ¿por qué lo haces?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque no sé cómo manejar lo que siento. Te veo cambiar y me doy cuenta de que yo sigo siendo el mismo. No sé si todavía me necesitas.
Me senté en el sillón frente a él.
Por primera vez aquella noche, no estaba enfadada.
Estaba triste.
—Damon, nunca he necesitado que fueras perfecto. Necesitaba que fueras mi compañero. Pero no puedo pasar el resto de mi vida haciéndome más pequeña para que tú te sientas más grande.
Él se quedó mirándome.
—¿Eso significa que quieres dejarme?
Respiré profundamente.
No tenía una respuesta preparada.
Lo quería, pero también estaba cansada de la forma en que me trataba.
Quería salvar nuestro matrimonio, pero no a costa de perderme a mí misma.
—Significa que no puedo seguir viviendo así. Si quieres que nuestro matrimonio continúe, tenemos que cambiar muchas cosas. Y no voy a ser la única que haga el esfuerzo.
Damon asintió lentamente.
—¿Qué quieres que haga?
—Quiero que aprendas a escucharme sin llamarme exagerada. Quiero que dejes de criticar mi aspecto como si tuvieras derecho a decidir cómo debo vestirme. Quiero que podamos hablar de nuestras inseguridades sin convertirlas en armas contra el otro.
Hice una pausa.
—Y quiero que busquemos ayuda profesional. No para demostrar quién tiene razón, sino para descubrir si todavía podemos construir una relación en la que ambos nos sintamos respetados.
Damon se quedó en silencio.
Después asintió.
—Lo intentaré.
Lo miré con seriedad.
—No necesito que me lo prometas esta noche. Necesito verlo en tus acciones.