Me contó cosas sobre George que yo desconocía. Cosasque George jamás me había contado en cuarenta años. Lo valiente que era. Cómo cruzó corriendo aquel claro sin casco. Cómo bromeaba en el helicóptero para tranquilizar a los heridos. Cómo se sentó al borde de una cama de hospital y regaló lo único que tenía de casa.
—Habló de ti —dijo Arthur—. En el hospital. Durante una hora. Solo hablaba de ti. De Judy y el lago. De Judy y sus pinturas. Dijo que ibas a estudiar arte en Cleveland. Dijo que algún día serías famosa. Dijo que se casaría contigo y te construiría un estudio con grandes ventanales para que pudieras pintar la luz.
No dije nada.
—¿Fuiste a la escuela de arte? —preguntó Arthur con suavidad—. ¿Te hiciste famoso?
Me reí. Salió mojado.
—No —dije—. Trabajé en un banco durante treinta y un años. Crié a cuatro hijos. Guardé mis pinturas en el ático en 1971 yno las volví a abrir hasta hace tres semanas.