Un desconocido me devolvió el teléfono que mi esposo había perdido y, antes de irse, le pregunté dónde lo encontró. Señaló un centro de convivencia familiar y añadió: “Hay un niño de 5 años que espera a su esposo todos los jueves”. No lloré ni lo llamé. Apreté el teléfono y guardé silencio. Tras 11 años de matrimonio sin hijos, aquella frase hizo que todo lo que sabía sobre él empezara a tambalearse.

Esperanzas.

Decepciones.

Finalmente habíamos aprendido a construir una vida distinta.

Una vida que también amábamos.

Por eso aquella frase me cayó como una piedra.

“Ernesto.”

Él ya había encendido la camioneta.

Apagó el motor otra vez.

“Necesito saberlo.”

Debió notar que estaba a punto de imaginar algo mucho peor.

Bajó.

parte2

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