Parte 1
Cuando el nombre de mi esposo apareció en la pantalla de mi celular aquella mañana, sentí que por fin podía relajarme.
Santiago había perdido su teléfono la tarde anterior.
Habíamos revisado su coche dos veces, vaciado su mochila del gimnasio sobre la mesa del comedor y hasta movido los sillones de la sala por si, de alguna manera absurda, se le había caído ahí.
Nada.
Así que cuando vi su foto en mi pantalla a las 9:17 de la mañana, contesté sonriendo.
“¿Lo encontraste?”
Hubo un silencio breve.
Después habló un hombre que yo no conocía.
“Disculpe, señora. ¿Usted es Valeria?”
Me incorporé de golpe.
“Sí. ¿Quién habla?”
“Me llamo Ernesto. Encontré este teléfono ayer. Estaba sin batería. Lo cargué esta mañana y vi su número como contacto de emergencia.”
Solté el aire.
Santiago se había comportado de una manera extraña desde que perdió el aparato.
Llevábamos 11 años casados y yo podía contar con los dedos de una mano las veces que lo había visto realmente nervioso.
Era contador.
Ordenaba los recibos por fecha.
Guardaba las garantías de los electrodomésticos.
Revisaba 2 veces que hubiera cerrado el coche.
Perder un celular era casi una crisis existencial para él.
“Gracias”, le dije a Ernesto. “No sabe cuánto se lo agradezco.”
El hombre vivía relativamente cerca y se ofreció a pasar a dejarlo.
20 minutos después, una camioneta gris se detuvo frente a nuestra casa en Coyoacán.
Ernesto tendría unos 60 años.
Llevaba jeans, camisa de cuadros y una bolsa de pan dulce en el asiento del copiloto.
Me entregó el teléfono.
La pantalla seguía mostrando nuestra foto de aniversario.
Santiago abrazándome por detrás.