Un desconocido me devolvió el teléfono que mi esposo había perdido y, antes de irse, le pregunté dónde lo encontró. Señaló un centro de convivencia familiar y añadió: “Hay un niño de 5 años que espera a su esposo todos los jueves”. No lloré ni lo llamé. Apreté el teléfono y guardé silencio. Tras 11 años de matrimonio sin hijos, aquella frase hizo que todo lo que sabía sobre él empezara a tambalearse.

Me miró sorprendido.

“Ernesto realmente te contó todo.”

“Hasta lo de la pintura verde.”

Santiago miró el puño de su camisa.

“Eso fue una mentira horrible.”

“Sí.”

“Pensé que decir marcador sonaba creíble.”

“No.”

Se hizo un pequeño silencio.

Entonces volví a lo importante.

“¿Por qué no me lo dijiste?”

Santiago respiró hondo.

“Porque te conozco.”

Fruncí el ceño.

“Eso no es una respuesta.”

“Si te hubiera llevado la primera semana, habrías querido volver.”

“Probablemente.”

“Habrías aprendido todos los nombres.”

No dije nada.

“Habrías recordado qué niño prefiere jugo de manzana y cuál odia las galletas de chocolate.”

Miré hacia otro lado.

“Habrías comprado materiales con tu dinero.”

“Eso no tiene nada de malo.”

“Habrías pensado en ellos durante el trabajo.”

Silencio.

“Y cada vez que un padre faltara, tú te llevarías esa ausencia a casa.”

Mi enojo empezó a perder fuerza.

“Te conozco, Vale.”

Su voz bajó.

“Todavía piensas en Regina.”

Eso me dolió porque era verdad.

“Cargas con tu mamá.”

“Con tu hermana.”

“Con tus empleados.”

“Con gente que apenas conoces.”

Se acercó.

“Quería que esto fuera una cosa que yo pudiera cargar por ti.”

Sentí un nudo en la garganta.

“Pero la cargabas tú solo.”

Santiago bajó la mirada.

Entonces entendí algo.

“No duermes bien los jueves.”

No respondió.

“Las semanas en las que el papá de Emiliano no llega.”

Silencio.

“Santiago.”

“Es un buen hombre.”

Esa respuesta me sorprendió.

“¿El papá?”

“Sí.”

Me explicó que el padre de Emiliano se llamaba Roberto.

Había tenido problemas con el alcohol.

Llevaba casi 10 meses sobrio.

Trabajaba lavando coches.

No tenía automóvil.

Dependía del transporte público.

Algunas semanas llegaba tarde.

Algunas semanas conseguía cambiar turno.

Otras simplemente no podía.

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