Un desconocido me devolvió el teléfono que mi esposo había perdido y, antes de irse, le pregunté dónde lo encontró. Señaló un centro de convivencia familiar y añadió: “Hay un niño de 5 años que espera a su esposo todos los jueves”. No lloré ni lo llamé. Apreté el teléfono y guardé silencio. Tras 11 años de matrimonio sin hijos, aquella frase hizo que todo lo que sabía sobre él empezara a tambalearse.

“Ernesto.”

Él ya había encendido la camioneta.

Apagó el motor otra vez.

“Necesito saberlo.”

Debió notar que estaba a punto de imaginar algo mucho peor.

Bajó.

“Su esposo no tiene otra familia.”

No respondí.

“Y hasta donde yo sé, ese niño no es hijo suyo.”

Me apoyé contra la reja.

“Entonces explíqueme.”

Ernesto me contó que había empezado como voluntario en el centro después de que su propia nieta pasara por un proceso complicado de convivencia supervisada.

Aunque el caso familiar terminó, él siguió yendo.

Preparaba café.

Arreglaba juguetes.

Ayudaba a organizar actividades para los niños que esperaban.

Santiago había aparecido por primera vez 11 meses atrás.

Con traje.

Corbata.

Y expresión de hombre que no tenía idea de cómo hablar con un niño de 5 años.

“¿Santiago es voluntario?”

“Todos los jueves.”

Sentí una mezcla tan extraña de alivio y confusión que tuve que sentarme en el escalón de la entrada.

Ernesto sonrió.

“Al principio solo ayudaba con tareas.”

Después empezó a leer cuentos.

Luego construía cosas con cajas de cartón.

Castillos.

Cohetes.

Barcos.

Una tarde fabricaron un volcán.

Lo pintaron de verde.

Miré inmediatamente la mancha seca que aún había quedado en el borde de la funda del teléfono.

No era marcador.

Era pintura.

Ernesto siguió hablando.

Había un niño llamado Emiliano.

5 años.

Cabello oscuro.

Playeras de dinosaurios.

Su padre debía visitarlo los jueves.

Algunas semanas llegaba.

Otras no.

La primera vez que el hombre no apareció, Emiliano permaneció durante casi una hora mirando el estacionamiento desde la ventana.

Santiago se sentó a su lado.

No supo qué decir.

Entonces vio el dinosaurio de plástico que llevaba el niño.

“¿Cómo se llama?”

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