Un desconocido me devolvió el teléfono que mi esposo había perdido y, antes de irse, le pregunté dónde lo encontró. Señaló un centro de convivencia familiar y añadió: “Hay un niño de 5 años que espera a su esposo todos los jueves”. No lloré ni lo llamé. Apreté el teléfono y guardé silencio. Tras 11 años de matrimonio sin hijos, aquella frase hizo que todo lo que sabía sobre él empezara a tambalearse.

Eso era muy suyo.

Nunca discutía para ganar.

Se sentó.

“¿Recuerdas la universidad?”

No esperaba esa pregunta.

“Claro.”

“¿Recuerdas cuando hacías prácticas en un centro de convivencia?”

Mi respiración cambió.

Hacía 14 años yo había colaborado durante varios meses en un lugar parecido.

Todavía recordaba a una niña.

Regina.

Tenía 7 años.

Cada sábado llegaba con un dibujo para su padre.

El hombre faltaba con frecuencia.

Una tarde, Regina pasó casi 2 horas mirando por una ventana.

Había dibujado una casa.

Tres personas tomadas de la mano.

Cuando una trabajadora social le dijo que su papá no vendría, la niña no lloró.

Doblando cuidadosamente su dibujo, respondió.

“Está bien.”

Yo lloré todo el camino hasta mi casa.

Santiago y yo apenas llevábamos 3 semanas saliendo.

Aquella noche cenamos tacos en un pequeño local cerca de la universidad.

Le conté lo de Regina.

También le dije una frase que yo misma había olvidado.

“Ningún niño debería tener que esperar solo a alguien que quizá no llegue.”

Santiago la recordaba palabra por palabra.

“Después de casarnos pensé muchas veces en eso”, dijo.

“¿Durante 14 años?”

Asintió.

“Pero siempre había una excusa.”

Trabajo.

Dinero.

Horarios.

Responsabilidades.

Hasta que un compañero de su despacho le habló del centro de Álamos.

Necesitaban voluntarios un día por semana.

Santiago fue.

Solo una vez.

O eso pensaba.

“Entonces conocí a Emiliano.”

Se quedó mirando el dinosaurio.

“La primera tarde su papá no llegó.”

Santiago vio al niño sentado junto a la ventana.

Y recordó a Regina.

Me recordó a mí llorando frente a un plato de tacos.

“Me senté con él.”

“Y te convertiste en dinosaurio.”

Santiago sonrió.

“No inmediatamente.”

“Claro. Primero cometiste el grave delito de preguntar el nombre de un tiranosaurio.”

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *