Reconocí la letra de mi marido:“Pensé que estaba protegiendo mis últimos días. No sabía que estaba empezando los mejores.”
Me quedé mirando aquellas palabras durante mucho tiempo.
—¿Dónde la encontraste?
—Dentro de uno de sus libros.
Acaricié la fotografía con los dedos.
Después miré alrededor.
Había residentes paseando.
Una pareja discutía amistosamente sobre una partida de cartas.
Dos mujeres tomaban café.
Un hombre leía el periódico al sol.
La vida continuaba.
Exactamente como Harrison había querido.
—¿Jugamos? —preguntó Daniel.
Coloqué las piezas.
—Pero te advierto que no pienso dejarte ganar.
Sonrió.
—Papá decía lo mismo.
Comenzamos la partida.
Y mientras movía mi primera pieza comprendí algo que habría querido saber cuando tenía 78 años y pensaba que las mejores partes de mi vida habían quedado atrás.
Nunca somos demasiado mayores para comenzar otra historia.