La casa había cambiado.
Había juguetes de Lily en la sala, dibujos pegados en la nevera y una pequeña cuna junto a mi habitación.
Ya no parecía una casa vacía.
Parecía nuestro hogar.
Una tarde, alguien llamó a la puerta.
Era mi madre.
Esta vez estaba sola.
No llevaba maletas.
—¿Puedo pasar?
La miré durante unos segundos y asentí.
Entró despacio.
—Quiero pedirte perdón —dijo.
No respondí.
—No por haber querido estar cerca de Lily. Eso siempre lo voy a querer. Te pido perdón por haber pensado que, por ser tu madre, podía decidir dónde vivir, cómo criar a tu hija y qué hacer con tu casa.
Sentí un nudo en la garganta.
—Me hiciste sentir que tenía que elegir entre mi familia y mi propia tranquilidad.
Mi madre bajó la mirada.
—Lo sé.
Entonces sacó un sobre de su bolso.