PARTE 1
—Tu hermano renunció a su trabajo porque a partir de hoy va a vivir aquí. Tú puedes acomodarte en el cuarto pequeño; total, estás sola —anunció mi madre, mientras abría los cajones de mi cocina como si fueran suyos.
Detrás de ella había seis maletas, una carriola doblada y una jaula con un hámster. Mi hermano Diego medía la pared de la sala para decidir dónde pondría su televisión. Su hijo Nicolás saltaba sobre nuestro sofá y la pequeña Sofi arrastraba una maleta de ruedas por el piso de madera. Lorena, mi cuñada, permanecía junto a la puerta, sin atreverse a mirarme.
—Mamá, no pueden instalarse así —dije.
—No empieces, Mariana. Tienes una casa enorme, mientras tu hermano vive apretado con sus hijos. Cinco habitaciones, jardín y una terraza… Sería una vergüenza que les cerraras la puerta a tu propia sangre.