Me llamo Diego.
Tengo 21 años, estudio el tercer año de universidad en Guadalajara y, como muchos estudiantes que intentan abrirse camino con pocos recursos, aprendí muy pronto que cualquier trabajo honesto podía marcar la diferencia.
Daba clases particulares, trabajaba algunos turnos en cafeterías, cargaba cajas cuando alguien necesitaba ayuda y hacía pequeños trabajos los fines de semana.
No buscaba lujos.
Solo quería seguir estudiando.
Entonces encontré aquella publicación en Facebook.
Buscaban a alguien que ayudara a limpiar la casa de una anciana que vivía sola en un pequeño callejón cerca del centro.
La paga era de 200 pesos por visita.
No parecía mucho.
Pero para mí significaba poder comprar comida durante varios días, pagar el transporte y, quizá, guardar algo para los gastos de la universidad.
Así que llamé.
La mujer se llamaba Carmen.
La primera vez que abrió la puerta, me pareció mucho más frágil de lo que había imaginado.
Era pequeña, tenía el cabello completamente blanco y caminaba apoyándose en un bastón.
—¿Eres Diego? —preguntó.
—Sí, señora.
—Puedes llamarme Carmen.
Su casa era vieja y modesta.
Había fotografías familiares en casi todas las paredes, muebles antiguos y una radio que parecía llevar años sin funcionar.
Me explicó que padecía artritis y presión arterial alta. Sus hijos vivían lejos y no podían visitarla con frecuencia.
Solo necesitaba ayuda con algunas tareas.
Barrer.
Limpiar.
Lavar los platos.
Nada complicado.
Acepté.
Durante las primeras semanas, todo fue exactamente como habíamos acordado.
Hasta que empecé a notar algo.
La nevera estaba prácticamente vacía.
Unos huevos.
Un poco de arroz.
Algunas verduras que ya estaban empezando a marchitarse.
Una tarde le pregunté: