—Todavía no sabes cuánto es.
—No importa.
—Son 480.000 pesos.
Me quedé sin palabras.
Pero Carmen había dejado una última condición.
El dinero no era simplemente para mí.
Debía utilizar una parte para terminar mis estudios.
Otra parte debía reservarse para crear un pequeño fondo de ayuda para estudiantes que, como yo, tuvieran dificultades económicas.
El resto podía utilizarlo como quisiera.
Entonces entendí algo.
Carmen no había querido comprar mi lealtad.
Había querido darme una oportunidad.
Una oportunidad que ella sabía que probablemente yo nunca habría podido conseguir por mis propios medios.
Semanas después, regresé a la casa.
Entré en la cocina.
Todo estaba exactamente como lo había dejado.
La vieja radio.
Las fotografías.
La pequeña mesa.
Y la silla donde Carmen solía sentarse mientras yo cocinaba.
Me quedé allí durante varios minutos.
Después abrí uno de los cajones.
Encontré otra fotografía.
Era Carmen cuando era joven.
A su lado había un hombre.
Y junto a ellos, un niño pequeño.
Detrás de la fotografía había una frase escrita:
“Él fue mi hijo menor.”
Me quedé mirando la imagen.
Entonces recordé algo.
Carmen me había dicho una vez:
“Me recuerdas mucho a mi hijo menor.”
Volví a mirar la fotografía.
Había algo extraño.
El niño llevaba una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.
Exactamente igual a la que yo tenía desde pequeño.
Me quedé helado.
Pensé que era una coincidencia.
Hasta que encontré una segunda carta.
Esta vez, estaba escondida dentro de un libro viejo.
La abrí.
Solo tenía unas pocas líneas.
“Diego, hay una última cosa que nunca tuve el valor de decirte.”
“Antes de morir, descubrí algo sobre tu familia.”