Un mecánico rescató a una desconocida en plena tormenta, pero jamás imaginó quién era realmente

Mateo no sabía nada de ella.

No sabía que dirigía una enorme empresa dedicada a centros técnicos y servicios de automoción. No sabía que miles de empleados dependían de sus decisiones ni que su agenda estaba organizada con meses de antelación.

Tampoco sabía que ella llevaba años sintiéndose sola en habitaciones llenas de personas.

Para él, Elena era simplemente una mujer que necesitaba calor.

Lucía terminó de reparar el oso y lo colocó sobre el pecho de la invitada.

—Ya puede protegerla.

—Gracias.

—Se llama Capitán.

—Parece valiente.

—Antes tenía dos orejas.

Elena acarició la cinta adhesiva.

—A veces las cosas siguen siendo valientes aunque estén un poco rotas.

Mateo la observó desde la cocina.

Por primera vez desde que había abierto los ojos, Elena ya no parecía una mujer poderosa ni elegante. Parecía agotada.

—Puede dormir un rato —dijo él—. Yo me quedaré despierto.

—Usted también está cansado.

—Estoy acostumbrado.

—Eso no significa que esté bien.

Mateo no respondió.

Preparó un colchón para Lucía junto a la estufa. La niña protestó porque quería quedarse cerca de Elena, pero el sueño terminó venciéndola.

Antes de cerrar los ojos, señaló la manta azul.

—No olvide devolvérmela.

—Jamás —prometió Elena.

Durante la madrugada, Elena despertó varias veces.

En cada ocasión encontró a Mateo sentado en una silla, con los brazos cruzados y la cabeza inclinada. A veces parecía dormido, pero levantaba la mirada en cuanto ella se movía.

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