Un mecánico rescató a una desconocida en plena tormenta, pero jamás imaginó quién era realmente

—¿Cómo se llama? —preguntó él.

—Elena.

—Bien, Elena. ¿Sabe qué día es?

Ella respondió correctamente.

—¿Recuerda lo ocurrido?

—El motor se apagó. Intenté llamar. Luego empecé a sentir sueño.

Mateo asintió.

—Tuvo suerte.

Elena levantó la mirada.

—No fue suerte.

Mateo no contestó.

Se dirigió a la cocina y abrió una olla pequeña. Había preparado caldo de pollo para la cena de Lucía. No alcanzaría para mucho, pero añadió agua, patatas y un poco de pan duro.

—No es una comida elegante —dijo al regresar—, pero está caliente.

Elena sostuvo el plato entre las manos.

—Ahora mismo parece la mejor comida del mundo.

Comió despacio.

Lucía se sentó en el suelo, frente al sofá, observándola con curiosidad.

—¿Es usted una princesa?

—Lucía —la reprendió Mateo.

—Tiene abrigo de princesa.

Elena soltó una risa cansada.

—No soy una princesa.

—¿Entonces qué hace?

Elena miró a Mateo antes de responder.

—Trabajo con vehículos.

Los ojos de Lucía se iluminaron.

—Como mi papá.

—No exactamente.

—Mi papá puede escuchar un motor y saber qué le duele.

Elena bajó la cuchara.

—Eso es difícil.

—También sabe arreglarlos sin cambiar cosas que todavía sirven —continuó Lucía—. Dice que algunas personas tiran piezas buenas porque no quieren perder tiempo.

Mateo se apoyó contra la pared.

—Ya está bien de presumir.

—No presumo. Es verdad.

Elena volvió a mirar sus manos. Eran grandes, ásperas y tenían restos de grasa bajo las uñas, aunque él se las había lavado al entrar.

—¿Trabajó hoy? —preguntó ella.

—Doce horas.

—¿Y aun así se detuvo?

Mateo frunció el ceño.

—Había una persona inconsciente dentro de un vehículo.

—Muchos habrían seguido de largo.

—Tal vez no la vieron.

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