Empezaron a desaparecer pequeñas cantidades de dinero. Un florero apareció roto. Carmen recibió rumores sobre supuestos antecedentes de Lucía. La casa se llenó de sospechas mientras la joven seguía trabajando sin comprender por qué todos la vigilaban.
El golpe final llegó un sábado. Valeria abrió la caja fuerte del estudio y fingió descubrir que faltaba el collar de esmeraldas de Isabel, la esposa fallecida de Eduardo.
—Alguien de adentro lo tomó —dijo mirando a Lucía—. Hay que revisar las habitaciones.
Lucía aceptó porque no tenía nada que ocultar. En su pequeño cuarto, Fernando sugirió revisar debajo del colchón. Valeria levantó una esquina y encontró el collar envuelto en un pañuelo.
Carmen palideció. Los gemelos gritaron que era una trampa. Lucía, de rodillas, juró que nunca había entrado al estudio.
Eduardo quería creerle, pero Valeria atacó su orgullo.
—Te enamoraste de una empleada y te manipuló. ¿Vas a permitir que todo México se burle de ti?
Atrapado entre la evidencia y el miedo, Eduardo cometió el mismo error de siempre: huyó de lo que sentía.
—Recoge tus cosas y vete hoy —ordenó.
Mateo lo miró como si acabara de perderlo por segunda vez.
—Eres un cobarde, papá.
Lucía guardó su ropa en una bolsa de tela. Antes de salir se arrodilló frente a los gemelos.
—Sigan luchando. Una silla no decide cuánto valen. Y no odien a su papá; los quiere, aunque a veces se haga bolas con sus miedos.
Los abrazó mientras Valeria exigía que terminaran “el espectáculo”. Luego miró a Eduardo.
—Yo no me llevo nada suyo. Solo el cariño de sus hijos, y eso sí me lo gané.
La puerta se cerró. Valeria soltó un suspiro satisfecho.
—Mañana consigo otra empleada y todo volverá a la normalidad.