Seguí sentada en el suelo del garaje durante varios minutos, con aquella fotografía entre las manos.
Harold parecía tener unos diecinueve años. Era inconfundible: el mismo cabello oscuro, la misma forma de mirar a la cámara y aquella pequeña sonrisa que conservó incluso cuando envejeció.
Pero yo no conocía a la joven que estaba a su lado.
Y mucho menos al bebé que sostenía entre los brazos.
Volví a mirar la frase escrita detrás de la fotografía.
«El día en que empezó el secreto que cambiaría nuestras vidas.»
Sentí una punzada en el pecho.
Después de 62 años juntos, creía conocer cada capítulo importante de la vida de mi marido. Sabía cómo había sido su infancia, conocía las historias de sus padres, sus primeros trabajos, sus amigos de juventud y hasta las pequeñas travesuras que había cometido de adolescente.
Pero aquella fotografía demostraba que existía una parte de Harold de