Dos días después, un equipo llegó a la zona que Sofía había marcado. La entrada no se parecía a una entrada: estaba oculta bajo las raíces de un árbol enorme, cubierta de tierra, musgo y maleza. Ella les había explicado qué buscar: una placa metálica. La encontraron tres horas después. Al levantarla, aparecieron escalones y un aire frío salió de la oscuridad. Un agente encendió la linterna. En la primera pared había algo escrito con tiza:
6.º B — 1990
Nadie dijo nada. Bajaron.
Las personas que crecieron bajo tierra
A unos doscientos metros, la galería se ensanchaba. Encontraron la primera habitación: camas improvisadas, mesas, recipientes para el agua, ropa. Y en una pared, decenas de rayas verticales agrupadas de a cinco. Años enteros contados sobre el cemento. Pero no había nadie.
—¿Dónde están? —preguntó uno de los rescatistas.