El día que el abuelo conoció a Luna
Al salir del hospital no fui a mi casa. Fui a la suya. Él esperaba en el porche con un café y, al ver mi auto, se paró tan rápido que se le volcó la taza.
—¡Ahí están mis niñas!
Le puse a Luna en los brazos. Por un momento, se lo vio más feliz que nunca. Entonces ella abrió los ojos.

El abuelo se quedó inmóvil. La giró un poco hacia la luz. Miró el ojo azul, el ojo oscuro, el hoyuelo de la barbilla. Se le fue el color de la cara y empezaron a temblarle las manos.
—¿Quién es el padre? —preguntó—. Su apellido completo.
Se lo dije. Cerró los ojos.