Once días en terapia intensiva neonatal. Once días sentada junto a una incubadora, escuchando el pitido de las máquinas y las voces suaves de las enfermeras. Once noches volviendo a un departamento vacío y once madrugadas regresando antes del amanecer. Y por fin, mi hija Luna salía del hospital: dos kilos cien, respirando sola, con un puñito apretado junto a la mejilla.
Tenía los rizos oscuros de su padre, su hoyuelo en la barbilla y algo que llamaba la atención de todos: un ojo azul clarísimo y el otro tan oscuro que parecía negro. Los médicos lo llamaron heterocromía. Poco común, pero inofensiva.
—Seguro alguien de la familia también la tiene —me dijo la enfermera del alta—. ¿De quién la heredó?

—De su papá —respondí. Hacía meses que no pronunciaba el nombre de Tomás.
El hombre que desapareció
Tomás se esfumó la misma noche en que le conté que estaba embarazada. No hubo pelea ni despedida. Cuando le mostré la prueba, me tomó de las manos y me dijo: “Entonces lo vamos a resolver juntos”. Me besó la frente, dijo que iba a su casa a buscar unas cosas y prometió llamarme a primera hora. Nunca llamó. Al día siguiente, la mitad de su ropero estaba vacío y su número ya no existía.
La única persona que me sostuvo fue mi abuelo Aurelio. Mis padres murieron en un accidente cuando yo era niña y él me crio prácticamente solo. Durante el embarazo me llevó a los controles, armó la cuna en su taller, lijando cada borde hasta dejarlo suave, y lloró cuando nos dijeron que era una niña. “Soy viejo, tengo permiso”, se justificó.

El abuelo nunca había conocido a Tomás. Yo siempre pensé que habría tiempo para presentarlos.