—Señora Torres, su esposo sufrió un accidente en Periférico y fue trasladado a urgencias.
Durante unos segundos no pude responder.
Mauricio y yo llevábamos siete años casados.
No teníamos hijos.
Nunca habíamos tenido una separación formal.
Y aunque nuestro matrimonio atravesaba dificultades, jamás imaginé que una llamada del hospital pudiera convertirse en el principio del final.
Tomé mi bolso y salí inmediatamente de la oficina.
Durante todo el trayecto pensé en las posibilidades más terribles.
Un choque grave podía cambiar una vida en segundos.
Me pregunté si Mauricio estaba consciente.
Si podía hablar.
Si los médicos necesitaban mi autorización.
Si había sufrido daños permanentes.
Nunca pensé que el mayor golpe de aquella noche no tendría relación con el accidente.
Cuando llegué al Hospital Santa Fe, corrí hacia la entrada de terapia intensiva.
Una enfermera revisó mi identificación y después consultó la computadora.
—El señor Mauricio Serrano ya está acompañado por su esposa y su hijo.
Me quedé inmóvil.
—¿Perdón?
La enfermera levantó la vista.
—Su esposa y su hijo están con él.
Tragué saliva.
—Yo soy su esposa.
La mujer pareció confundida.
Revisó nuevamente la pantalla.
—¿Usted es Valeria Torres?
—Sí.
La enfermera miró los documentos.
—Entonces tenemos un problema.
Yo ya sabía cuál era.
No necesitaba que nadie me lo explicara.
Durante siete años había pensado que conocía a mi marido.
Sabía cómo tomaba el café.
Sabía qué camisa usaba cuando tenía reuniones importantes.
Sabía que odiaba conducir bajo la lluvia.
Sabía qué canciones escuchaba cuando estaba estresado.
Incluso sabía qué lado de la cama prefería.
Pero no sabía que existía otra mujer.