UN NIÑO SE NEGÓ A SUBIR AL AVIÓN SIN SU PERRO; HORAS DESPUÉS, TODO UN HOSPITAL TUVO QUE ELEGIR
La torre nos había dado una ventana de diez minutos para despegar antes de que la tormenta eléctrica cerrara las operaciones.
Y yo no estaba en la cabina.
Estaba caminando a toda prisa por el puente de embarque, dispuesto a resolver personalmente el problema que estaba retrasando mi vuelo.
Llevo casi treinta años pilotando aviones comerciales. Antes trabajé en transporte aéreo y aprendí muy pronto que las emociones no mantienen un avión en el cielo.
Los procedimientos sí.
Los horarios también.
Aquella noche, en la terminal aérea de Ciudad de México, todo estaba al límite. La lluvia golpeaba los ventanales, varios vuelos habían sido retrasados y nos habían advertido que, si no salíamos en nuestra franja asignada, podríamos quedar en tierra durante horas.