Fuimos a la habitación de invitados.
No escuchamos abrirse la puerta principal.
No escuché los pasos.
Solo recuerdo que, de pronto, Mauricio desapareció de encima de mí y escuché un golpe contra la pared.
Alejandro estaba ahí.
Tenía lágrimas en los ojos.
Mauricio intentó levantarse y, en vez de marcharse en silencio, cometió la peor provocación posible.
—Hazte a un lado si sabes lo que te conviene.
La expresión de Alejandro cambió.
Y cuando dio el primer paso hacia él comprendí, demasiado tarde, que aquella tarde no solo iba a perder mi matrimonio.
No podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…