No podía correr.
No podía gritar.
No podía enfrentar a cuatro personas que llevaban días planeando mi muerte.
Eso era exactamente lo que ellos querían.
Que entrara en pánico.
Que hiciera algo impulsivo.
Que cometiera un error.
Pero había algo que Flynn olvidó cuando se casó conmigo.
Nunca fui solamente una heredera.
Antes de administrar el patrimonio de mi familia, mi padre me enseñó algo que ningún dinero podía comprar:
La paciencia.
Y esa noche, la paciencia sería mi única arma.
Volví a la habitación antes de que alguien notara mi ausencia.
Cada paso fue una lucha.
La medicina seguía nublando mi mente, pero el miedo había creado una claridad extraña.
Me acosté en la cama.
Cerré los ojos.
Y cuando Flynn entró veinte minutos después, fingí estar completamente dormida.
Sentí cómo se acercaba.
Sentí sus dedos apartando mi cabello.
El mismo gesto que durante años había confundido con amor.
—Descansa, cariño.
Su voz era suave.
Demasiado suave.
—Mañana todo terminará.
No sabía que esa frase sería la última mentira que escucharía de él.
Porque mientras él creía que yo estaba inconsciente, mi teléfono estaba grabando.
Esperé hasta que salió.
Entonces abrí los ojos.
Mis manos temblaban.
No por miedo.
Por rabia.
Llamé al único número que podía salvarnos.
Mi padre.
Pero no contestó.
Lo intenté otra vez.
Nada.
Recordé entonces la conversación.
“Se dirigen a las montañas la próxima semana.”
No podían haber llegado todavía.
Pero alguien sí podía ayudarme.
Alguien que Flynn jamás sospecharía.
El capitán del barco.
A las 23:10, salí de la habitación.
No hacia la cubierta.
No hacia la trampa.