Mi hijo publicó nuestra historia y escribió: “Mi padre fue a prisión porque mi madre destruyó nuestra familia”. Quise defenderme, pero cerré el teléfono y me quedé mirando las cartas rechazadas, la sentencia de siete años y la foto de nuestros cuatro hijos. Pensé que esa era toda mi condena… hasta que descubrí que mi ex tenía una nueva familia ligada directamente al hombre con quien lo traicioné.

Comencé a planear una comida especial.

—Podemos invitar a tus amigas. Encargo el pastel de tres leches que les gusta y hacemos algo aquí…

Renata y Lucía se miraron.

—Mamá —dijo Renata—, mejor otro día.

—¿Por qué?

Hubo un silencio.

Lucía respondió:

—Porque papá va a organizar nuestra fiesta.

Sonreí por reflejo.

—Claro. Podemos coordinarnos.

Las dos se tensaron.

—No —dijo Renata—. No queremos que estés cerca de él.

Sentí un golpe en el pecho.

—¿Cerca de quién?

Lucía frunció el ceño.

—De papá.

—¿Cómo que de papá?

Ninguna respondió.

Entonces pregunté:

—¿Alejandro salió?

El silencio me dio la respuesta.

Había sido liberado a finales de abril después de cumplir gran parte de su condena y obtener beneficios por buena conducta.

Llevaba meses fuera.

Mis hijos sabían.

Mi hermano sabía.

Mis padres sabían.

Yo era la única que no.

De repente entendí por qué todos parecían más felices.

No habían vuelto conmigo porque nuestra relación estuviera sanando.

Habían recuperado a su padre.

Aquella noche llamé a Rafael.

No contestó.

Volví a llamar.

Finalmente respondió.

—Necesito verlo.

—Él no quiere verte.

—Cinco minutos.

—No.

—Rafa, por favor.

—Mariana, ya te dio una respuesta durante años.

Pero yo seguía teniendo una caja llena de cartas que Alejandro nunca quiso recibir.

A la mañana siguiente fui a casa de mi hermano.

Cuando abrió la puerta, me pidió inmediatamente que me marchara.

Entonces vi una silueta al fondo.

Era Alejandro.

Más delgado.

Con algunas canas.

La postura seguía siendo la misma.

—Alejandro.

Se detuvo.

Sentí que desaparecían cinco años.

Quise correr hacia él.

—Necesito hablar contigo.

Rafael se puso entre nosotros.

Le entregué la caja.

—Solo dale esto.

Me fui llorando.

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