PARTE 2
Alejandro se lanzó contra Mauricio antes de que yo pudiera reaccionar.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Grité su nombre, intenté separarlos y terminé cayendo al suelo cuando me interpuse. Durante unos segundos solo escuché muebles moviéndose, respiraciones agitadas y mis propios gritos.
Cuando logré incorporarme, Mauricio ya no estaba desafiando a nadie.
Alejandro se detuvo de golpe.
Lo miró.
Después me miró a mí.
Y sacó su teléfono.
Él mismo llamó al 911.
Cuando llegaron los policías, Alejandro ya estaba de rodillas en la sala, con las manos detrás de la cabeza.
No intentó escapar.
No inventó una historia.
No culpó a nadie.
Se dejó esposar mientras yo lloraba sin poder acercarme.
Mauricio terminó hospitalizado con lesiones graves en el rostro.
Y yo también fui revisada aquella noche.
Ahí comenzó mi verdadero castigo.
Mi papá llegó al hospital y no pronunció una sola palabra.
Solo me miró.
Nunca había visto tanta decepción en sus ojos.
Rafael, mi hermano, fue menos silencioso.
—¿Cómo pudiste hacerle esto? ¡Ese hombre estuvo veinte años cuidándote!
Mi mamá intentó defenderme.
—Ya habrá tiempo para hablar…
Mi padre se giró hacia ella.
—No la excuses.
Después llegaron los padres y las hermanas de Alejandro.
Su mamá ni siquiera quiso acercarse a mí.
Pero lo peor fueron mis hijos.
Diego pasó junto a mi cama sin mirarme.
Emiliano tampoco dijo nada.
Las gemelas lloraban abrazadas.
—Papá está detenido por tu culpa —dijo Renata.
Creí que nada podía doler más.
Me equivocaba.
Una mujer apareció horas después preguntando por Mauricio.
Pensé que era su hermana.
En cuanto me vio, quiso abalanzarse sobre mí y Rafael tuvo que detenerla.
—¡Destruiste mi casa!
Me quedé helada.
—¿Quién eres?
Ella me miró como si quisiera atravesarme.