—Su esposa.
Mauricio jamás me había dicho que estaba casado.
Nunca usaba anillo.
Nunca mencionó hijos ni familia.
En ese instante entendí que no había destruido solamente un hogar.
Había ayudado a romper dos.
Durante los meses previos al juicio, Alejandro se negó a verme. Mis cartas regresaban cerradas. Diego se fue a vivir con sus abuelos. Emiliano apenas salía de su habitación y mis hijas hablaban conmigo solo cuando era absolutamente necesario.
El día del juicio vi a Alejandro por primera vez después de casi tres meses.
Antes, incluso cuando discutíamos, siempre quedaba algo cálido en sus ojos.
Ese día no.
Tuve que explicar públicamente cómo había comenzado la aventura, cuánto tiempo duró y todas las mentiras que había contado.
Entonces llegó el testimonio de Alejandro.
Y descubrí algo que todavía me persigue.
Aquella tarde había regresado temprano porque quería sorprenderme.
Había reservado un fin de semana en Valle de Bravo.
Llevaba comida de nuestro restaurante favorito.
Pensaba decirme que, si nuestro matrimonio estaba pasando por una crisis, él quería luchar por nosotros.
En cambio, abrió la puerta y me encontró con Mauricio.
La fiscalía reprodujo la llamada que Alejandro hizo a emergencias.
Escucharlo llorar mientras pedía una ambulancia para el hombre que acababa de encontrar conmigo terminó de romper algo dentro de mí.
El juez consideró que había ido demasiado lejos durante la agresión.
Alejandro recibió una condena de varios años de prisión.
Cuando pronunciaron la sentencia, mis hijas comenzaron a llorar.
Diego golpeó el respaldo de una banca.
Y yo escuché a la madre de Alejandro repetir:
—Mi hijo perdió años de su vida por esto.
Pensé que aquel era el fondo.