Parte 2: La casa que ya no podían quitarme

—Porque los adultos tomamos decisiones equivocadas, mi amor. Pero me alegra que estés bien.

Mateo se quedó detrás de su padre, confundido.

Mauricio me miró con rabia.

—¿De verdad hiciste esto?

 

 

—Sí.

—Nos vas a echar con los niños.

—No los estoy echando sin recursos. Les di el plazo legal. Y tú sabías que esto iba a pasar cuando decidiste usar mi dinero para comprar otra  casa.

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Verónica palideció.

—No sabes de qué hablas.

Teresa abrió una carpeta y colocó las transferencias sobre la mesa.

—Sabemos exactamente de qué hablamos.

Por primera vez, Verónica no tuvo una respuesta rápida.

Mauricio tomó los papeles. Los leyó. Después me miró como si yo hubiera cometido una traición.

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—Ese dinero era de la familia.

—No —dije—. Era mío.

—Papá siempre decía que debíamos cuidarnos entre

 

todos.

—Tu padre decía que cuidar no es aprovecharse.

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Su cara cambió al escuchar el nombre de Arturo.

—Mamá, cometimos errores. Podemos arreglarlo.

—¿Como arreglaste la bofetada? ¿Como arreglaste mentirme sobre el viaje? ¿Como arreglaste los documentos para hacerme parecer incapaz?

Él no respondió.

Yo tampoco esperaba que lo hiciera.

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Sofía seguía abrazada a mi cintura. No quería que escuchara más.

 

 

Le pedí a Teresa que llevara a los niños al jardín con la vecina, quien había aceptado cuidarlos durante el proceso.

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Cuando se quedaron solos, Verónica empezó a llorar.

—El departamento era para los niños. No queríamos dejarte sin nada.

—Entonces, ¿por qué el borrador decía que yo necesitaba una evaluación para administrar mi propio dinero?

Verónica se secó la cara.

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