—¿Quiere denunciarlo?
Pensé en Sofía y Mateo en la playa. Pensé en sus voces emocionadas cuando me hablaron del hotel, convencidos de que yo viajaría con ellos. Pensé en Mauricio dejando la maleta a mis pies, como si yo fuera una carga que podía abandonarse en el recibidor.
—Quiero estar segura —dije—. Y quiero que sepa que no puede volver a hacerlo.
Teresa asintió.
—Eso es suficiente para empezar.
Esa tarde no regresé a casa.
Me quedé en un hotel pequeño cerca de la oficina de Teresa. La casa era mía legalmente, pero todavía no me sentía capaz de cruzar la puerta y enfrentar las habitaciones donde había pasado tres años pidiendo permiso para usar mi propia vida.
La primera noche dormí casi doce horas.
A la mañana siguiente, mi teléfono volvió a sonar.
Mauricio.
Verónica.
Mauricio.
Respondí la llamada de mi hijo solo cuando Teresa estaba sentada a mi lado.
—Mamá, ¿qué hiciste? —espetó sin saludar—. Las tarjetas dejaron de funcionar.
—Eran mis tarjetas.
—¡Pero estamos de vacaciones!
—Las cancelé porque tenías acceso a mis cuentas.
—Solo las manejaba por ti.
—No te pedí que manejaras nada.
Escuché a Verónica decir algo al fondo. No entendí las palabras, pero reconocí el tono: impaciencia.
Mauricio bajó la voz.
—Mamá, no hagas una tontería. Regresamos mañana y hablamos.
—No vas a hablarme en mi casa sin mi abogada presente.
Hubo silencio.
—¿Abogada?
—Sí.
—¿Vas a demandar a tu propio hijo?