Parte 2: La casa que ya no podían quitarme

—¿Quiere denunciarlo?

Pensé en Sofía y Mateo en la playa. Pensé en sus voces emocionadas cuando me hablaron del hotel, convencidos de que yo viajaría con ellos. Pensé en Mauricio dejando la maleta a mis pies, como si yo fuera una carga que podía abandonarse en el recibidor.

—Quiero estar segura —dije—. Y quiero que sepa que no puede volver a hacerlo.

Teresa asintió.

—Eso es suficiente para empezar.

Esa tarde no regresé a casa.

Me quedé en un hotel pequeño cerca de la oficina de Teresa. La casa era mía legalmente, pero todavía no me sentía capaz de cruzar la puerta y enfrentar las habitaciones donde había pasado tres años pidiendo permiso para usar mi propia vida.

La primera noche dormí casi doce horas.

A la mañana siguiente, mi teléfono volvió a sonar.

Mauricio.

Verónica.

Mauricio.

Respondí la llamada de mi hijo solo cuando Teresa estaba sentada a mi lado.

—Mamá, ¿qué hiciste? —espetó sin saludar—. Las tarjetas dejaron de funcionar.

—Eran mis tarjetas.

—¡Pero estamos de vacaciones!

—Las cancelé porque tenías acceso a mis cuentas.

—Solo las manejaba por ti.

—No te pedí que manejaras nada.

Escuché a Verónica decir algo al fondo. No entendí las palabras, pero reconocí el tono: impaciencia.

Mauricio bajó la voz.

—Mamá, no hagas una tontería. Regresamos mañana y hablamos.

—No vas a hablarme en mi casa sin mi abogada presente.

Hubo silencio.

—¿Abogada?

—Sí.

—¿Vas a demandar a tu propio hijo?

parte2

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