La reclusa más temida de la prisión decidió humillar a la recién llegada, quitándole la comida delante de todas las internas

Marta decidía quién podía sentarse en ciertas mesas.

Quién conseguía determinados favores.

Quién debía una deuda.

Y quién debía permanecer lejos.

—¿Los guardias permiten eso?

Patricia se rio.

—Los guardias controlan lo que pueden ver.

Aquella respuesta me quedó clara.

Mi primer almuerzo importante con el resto de las internas ocurrió al tercer día.

Entré.

Tomé la bandeja.

Patricia estaba al otro lado del comedor.

Intenté llegar hasta ella.

Entonces Marta se levantó.

Caminó hacia mí.

Tenía unos cincuenta años.

Quizá algo más.

Era alta.

Fuerte.

El cabello negro lleno de canas.

Su cicatriz hacía que su mirada pareciera todavía más dura.

Se detuvo frente a mí.

—Nueva.

No respondí.

—¿No escuchas?

—Sí.

—Entonces dime cómo te llamas.

—Claudia.

Una de las mujeres que estaba detrás de ella se rio.

—Claudia.

Marta observó mi bandeja.

—Hoy no tienes hambre.

Tomó la comida.

Todo el comedor parecía esperar mi reacción.

Yo tenía miedo.

Muchísimo.

Pero también estaba cansada.

No llevaba ni una semana y ya sentía que había perdido casi todo.

No quería perder también la capacidad de hablar.

—Si necesitas comer más, puedes pedirlo sin quitarme la bandeja.

Alguien dejó escapar una carcajada.

Marta giró la cabeza.

El comedor quedó en silencio.

Después volvió a mirarme.

—¿Qué dijiste?

—Que puedes pedirlo.

—Aquí nadie me dice lo que puedo hacer.

—Entonces supongo que no necesitabas preguntarme.

Sé que parecía valentía.

No lo era.

Era nervios.

Cuando me siento aterrorizada hablo demasiado.

Mi hija siempre se burlaba de eso.

Marta acercó su rostro al mío.

—Tienes que aprender cómo funcionan las cosas aquí.

—Probablemente.

—Y rápido.

Después tomó mi bandeja y se llevó todo.

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