Pero durante los meses siguientes comencé a notar cosas.
Marta dejó de quitar comida a las recién llegadas.
Una interna se burló.
—La Loba se volvió vegetariana.
Marta la miró.
—No. Solo dejé de comportarme como idiota.
Hubo risas.
Después comenzó a ayudar en un programa de alfabetización.
Yo trabajaba en contabilidad dentro de la prisión.
Marta apenas había terminado la escuela.
—No necesito estudiar.
—¿Sabes escribir una carta sin pedir ayuda?
—Sí.
—Entonces escribe una.
—No me provoques.
Terminó inscribiéndose.
Descubrí que era inteligente.
Muchísimo.
Había aprendido a sobrevivir antes de aprender casi cualquier otra cosa.
Un día le pregunté:
—¿Por qué te llaman La Loba?
—Porque alguien empezó a decirlo.
—¿Y te gustó?
—Era mejor que Marta.
—¿Qué tiene de malo Marta?
Pensó.
—Marta podía sentir miedo.
—¿Y La Loba no?
—La Loba no podía permitírselo.
Comprendí.
Muchas de las cosas que interpretábamos como fuerza eran armaduras.
No justificaba el daño que había hecho.
Pero ayudaba a entenderlo.
Yo también tuve que enfrentar mis propios errores.
Pensaba constantemente:
“Yo no soy como estas mujeres.”
Era una manera de sentirme superior.
Después comencé a escuchar historias.
Algunas habían cometido delitos gravísimos.
Otras habían tomado decisiones desesperadas.
Algunas habían crecido rodeadas de violencia.
Había víctimas y victimarias.
A veces ambas cosas dentro de la misma persona.
Nada de eso borraba responsabilidades.
Yo también era responsable de haber firmado documentos que sabía que no estaban bien.
Ese lugar me obligó a dejar de dividir el mundo únicamente entre “buenos” y “malos”.
Un año después mi madre vino a visitarme.
Solicitó también autorización para ver a Marta en otra ocasión.
Cuando finalmente estuvieron frente a frente, yo no participé.