Miré la llave oxidada en la mano de mi padre y sentí que todo lo que creía saber sobre mi familia empezaba a romperse.
Durante años pensé que mi padre era un hombre simple.
Un hombre que trabajaba con madera, que llegaba a casa con las manos llenas de cortes pequeños y olor a barniz.
Un hombre que nunca hablaba de sus problemas porque siempre decía:
—Mientras tengamos una casa y estemos juntos, tenemos todo lo necesario.
Pero aquella noche, parado frente a mí bajo la luz débil del jardín, vi algo diferente.
Vi miedo.
—Papá, dime qué está pasando.
Manuel bajó la mirada hacia la llave.
La apretó con fuerza.
—Antes necesito que me prometas algo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cosa?
—Que no vas a actuar sin pensar.
Solté una risa amarga.
—¿Después de verlos durmiendo en un cobertizo mientras extraños ocupan su sala? ¿Quieres que piense con calma?