Señaló la silla frente a ella.
Todas las internas miraban.
Patricia negó con la cabeza.
Yo tampoco entendía.
—¿Por qué conoces a mi madre?
Marta no respondió.
—Siéntate.
Esta vez no sonó como una amenaza.
Me senté.
Ella apartó a las dos mujeres que la acompañaban.
—Déjennos.
Una protestó.
—Marta…
—He dicho que nos dejen.
Se marcharon.
Quedamos frente a frente.
—¿Cuántos años tienes?
—Cuarenta y seis.
Marta hizo un cálculo mental.
—Claro.
—¿Qué significa “claro”?
Me miró.
—La última vez que vi a tu madre tú tenías cinco años.
Sentí escalofríos.
No tenía ningún recuerdo de ella.
—¿Dónde?
Marta tardó.
—En un hospital.
Eso despertó algo.
Una imagen.
No completa.
Una habitación.
Mi madre llorando.
Un vendaje.
Yo tenía cinco años cuando estuvimos involucradas en un accidente.
Un automóvil había chocado con el vehículo donde viajábamos.
Mi madre resultó gravemente herida.
Yo no.
Siempre me contaron que una desconocida había conseguido sacarnos del automóvil antes de que se incendiara.
Nunca supimos su nombre.
Al menos yo no.
Miré la cicatriz en la ceja de Marta.
—No.
Marta bajó la mirada.
—Sí.
—¿Fuiste tú?
Asintió.
No podía creerlo.
—Mi mamá te buscó.
—Lo sé.
—Durante años.
—También lo sé.
—¿Por qué nunca apareciste?
Marta se recostó en la silla.
—Porque tres días después me arrestaron.
El comedor desapareció para mí.
Solo existían sus palabras.
Marta tenía veintiocho años cuando ocurrió el accidente.
Viajaba con su hermana menor.
Vieron un automóvil volcado al lado de la carretera.
Había humo.
La puerta del conductor estaba bloqueada.
Mi madre estaba inconsciente.
Yo estaba llorando en el asiento trasero.
—Tu mamá despertó mientras intentaba sacarla —dijo.