Julian me miró con atención.
“Tal vez no lo hiciste.”
No respondí.
Porque quería creerle.
Pero la esperanza era peligrosa cuando uno había pasado años protegiéndose de la decepción.
Esa noche, después de que Julian se marchara, apenas dormí.
Me senté en el suelo junto al viejo armario de madera donde había estado escondido el sobre.
Eliminé todos los documentos.
Cada fotografía.
Todos los recuerdos que había guardado.
Y poco a poco, comencé a darme cuenta de algo.
El sobre no había sido colocado al azar.
Había estado oculto tras un panel falso.
Un espacio en el que nunca me había fijado.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
Recorrí con los dedos el borde del armario.
Había un pequeño hueco.
Un compartimento secreto.
Mi padre construyó ese armario cuando yo era niño.
Recordé haberlo visto trabajar en ello.
Sonrió cuando le pregunté qué estaba preparando.
“Un lugar para cosas importantes”, había dicho.
En ese momento, pensé que se refería a los libros.
Nunca imaginé que se refería a secretos.
Con cuidado, abrí el compartimento.
Dentro había una cajita.
Viejo.
Polvoriento.
Espera.
Durante quince años.
Lo miré fijamente.
Mil pensamientos cruzaron por mi mente.
Una parte de mí quería cerrarlo.
Fingir que nunca lo había encontrado.
Pero otra parte de mí, la que había pasado años preguntándose por qué mi familia se había desintegrado, necesitaba respuestas.
Abrí la caja.
Dentro había varias cartas.
Una llave.
Y una pequeña grabadora de audio.
Contuve la respiración.
La grabadora parecía antiquísima en comparación con la tecnología que usaba a diario.
Pero venía con una etiqueta.