El médico sostenía un sobre blanco entre las manos.
No era grande.
No tenía nada escrito por fuera, salvo mi nombre.
Para Elena.
Me quedé mirándolo sin comprender.
—¿Qué es esto? —pregunté.
El médico tragó saliva.
—No puedo explicárselo todo aquí. Julian me pidió que se lo entregara personalmente después de su muerte.
Sentí que algo se cerraba alrededor de mi pecho.
—¿Qué hizo?
—Nada malo.
La respuesta llegó demasiado rápido.
—Entonces, ¿por qué parece que va a decirme que mi marido tenía una segunda vida?
El médico bajó la mirada.
—Porque él quería asegurarse de que usted pudiera continuar con la suya.
Abrí el sobre con manos temblorosas.
Dentro había una carta.
Reconocí la letra de Julian inmediatamente.
La misma letra inclinada, un poco desordenada, que había llenado notas en la nevera, tarjetas de cumpleaños y pequeños papeles que encontraba dentro de mi bolso.
El primer renglón decía:
“Mi amor: si estás leyendo esto, significa que no pude cumplir la promesa que te hice.”
Dejé de respirar durante unos segundos.
Seguí leyendo.
“Te prometí que intentaría estar aquí para conocer a nuestra hija. Quería hacerlo. Dios sabe cuánto quería hacerlo. Pero también sabía que quizá no tendría esa oportunidad.”
Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.
“Por eso necesito pedirte algo antes de que sigas leyendo: no te sientas culpable por nada de esto. Ni por haberme dejado ir, ni por haber firmado los papeles de donación, ni por haber elegido seguir viviendo cuando yo ya no pudiera hacerlo.”
Me llevé la carta contra el pecho.
—No entiendo —murmuré.
El médico permanecía a unos pasos de distancia.
—Siga leyendo.