Y se fueron.
Durante cuatro días dormí a ratos de cuarenta minutos. Cambiaba medicamentos, revisaba el oxígeno y ayudaba a Elena a cambiar de posición mientras mi cadera parecía partirse.
Alejandro no llamó.
Ni una vez.
La madrugada del jueves escuché un sonido que todavía aparece en mis pesadillas.
Elena se estaba ahogando.
El monitor marcaba una saturación peligrosamente baja y el tanque principal se había terminado. El de emergencia estaba sobre una repisa demasiado alta para alcanzarlo desde mi silla.
Intenté levantarme.
Perdí el equilibrio.
Caí de rodillas.
Sentí un dolor blanco atravesarme la cadera, pero Elena seguía tratando de respirar.
Me arrastré por el piso, centímetro a centímetro, hasta alcanzar el equipo. Logré colocarle el oxígeno y llamé a emergencias.
Mientras esperábamos la ambulancia, miré mi teléfono.
El contacto de Alejandro estaba frente a mí.
No llamé.
Finalmente entendí que una llamada no podía convertirlo en el hijo que yo necesitaba.
Elena sobrevivió por minutos.
En el hospital, la doctora me dijo que diez minutos más habrían cambiado todo.
Al día siguiente, nuestra enfermera, Laura, se acercó a mí.
—Don Miguel, necesito contarle algo. Dos días antes de viajar, Alejandro me llamó.
Pensé que preguntaría por su madre.
No.
—Me preguntó si, en caso de que doña Elena muriera mientras él estuviera en Europa, existía alguna obligación de regresar inmediatamente.
Sentí que algo dentro de mí se apagaba.
Mi hijo no había preguntado si su madre podía sobrevivir.
Había preguntado si su muerte arruinaría sus vacaciones.
Y todavía no sabía que aquella llamada era apenas el principio.
Porque esa misma tarde recibiría otra llamada… una que demostraría que Alejandro y Patricia no solo habían abandonado a Elena.