—Quite las manos de esa puerta. Aquí no puede quedarse.
La mujer de sudadera gris giró despacio.
—Trabajo aquí.
El agente Ricardo Salgado soltó una risa corta.
—¿Aquí? ¿En limpieza?
Elena Morales no respondió a la provocación. Miró su bolso de tela, que el agente más joven acababa de apartar con el pie y había quedado varios escalones más abajo.
—Mi identificación está ahí. En el bolsillo lateral.
Salgado ni siquiera miró el bolso.
A las 7:34 de aquella mañana, más de veinte cámaras cubrían la entrada del Tribunal Federal del Centro, en Ciudad de México. Ninguna podía intervenir.
Solo podían grabar.
Elena, de 54 años, mantenía las manos visibles junto al cuerpo. Llevaba pantalón deportivo oscuro, tenis gastados y una sudadera sencilla.
Parecía una mujer que había salido temprano a caminar.
Y eso era exactamente lo que había hecho.