Respiró lentamente.
—Solo creímos que, si algún día no podíamos levantarnos, nuestro hijo no pasaría por encima de nosotros para llegar primero a la herencia.
Alejandro bajó la cabeza.
—Perdóname.
—No sé quién eres ahora —dijo Elena—. Pero ya no voy a seguir fingiendo que eres el hombre que pensé haber criado.
Laura la llevó nuevamente a la recámara.
Mi hijo se quedó mirando la puerta cerrada.
Rosa entonces puso su carpeta frente a Patricia.
—Ahora tú.
Era un reconocimiento formal de deuda preparado con asesoría.
—No volveré a pagar por tus mentiras —le dijo—. Ni a inventar explicaciones. Ni a pedir perdón en tu nombre.
—Mamá, no puedes hacerme esto.
Rosa negó con la cabeza.
—Eso es exactamente lo que llevo treinta años diciendo cada vez que intentaba obligarte a responder por algo. Y por miedo a hacerte daño terminé ayudándote a convertirte en alguien capaz de usar la enfermedad de una mujer para robarle dinero a su propia madre.
Patricia lloraba.
—Te devolveré todo.
—Entonces empieza.
Alejandro volvió la mirada hacia mí.
—Papá, dime qué quieres.
Era curioso.
Tres semanas antes yo le había dicho exactamente lo que quería.
Ayuda.
Unas horas de compañía.
Que su madre no muriera mientras yo intentaba cambiar un tanque de oxígeno desde una silla de ruedas.
Entonces no le pareció importante.
Ahora estaba dispuesto a negociar.
—Primero —dije—, ya no trabajas en Clima Herrera.
Sus ojos se abrieron.
—¿Qué?
—Tus accesos fueron cancelados. Las tarjetas empresariales están bloqueadas. Arturo quedó a cargo de operaciones.
—¡Yo llevo quince años trabajando ahí!
—Y utilizaste los sistemas de la empresa para planear cómo apoderarte de ella.
—¡Es mi futuro!
—Era una posibilidad. Nunca fue un derecho.