Vincent tomó la mano de Lila y decidió que, antes de acusar a cualquier persona dentro de su casa, necesitaba saber exactamente qué había visto el niño que seguía alejándose entre la gente mientras miraba con miedo hacia el mismo punto detrás de él.
Esa decisión importaba.
Porque Vincent Moretti era muchas cosas.
Paciente no era una de ellas.
Durante veinte años había construido una vida alrededor de respuestas rápidas.

Problema.
Identificar.
Resolver.
Amenaza.
Localizar.
Neutralizar.
En sus negocios, una duda podía costar dinero.
A veces mucho más.
Pero aquello no era un contenedor perdido.
No era un hombre que hubiera robado.
No era una deuda.
Era su hija.
Y la persona acusada era su esposa.
Por eso no podía permitirse reaccionar únicamente como el hombre que todos temían.
Necesitaba reaccionar como padre.
Eso significaba algo mucho más difícil.