—Te trajimos unos chocolates de París.
Sonrió.
—Ya sé que las cosas quedaron un poco tensas, pero no vale la pena guardar rencor. Después de todo, seguimos siendo familia.
Entonces vio a Rosa.
Su sonrisa desapareció.
Patricia se quedó blanca.
—¿Mamá?
Rosa levantó lentamente la mirada.
—Bienvenidos. Siéntense.
—Pensé que estabas en Puerto Vallarta —balbuceó Patricia.
—Eso le dijiste a Alejandro.
Mi hijo miró a su esposa.
Luego a Rosa.
Después a mí.
Por primera vez entendió que las historias que él y Patricia habían contado no coincidían.
—Papá, podemos explicar…
—Claro —respondí—. Empecemos por los trescientos cincuenta mil pesos de Rosa.
Patricia se levantó de golpe.
—Eso fue un préstamo.
—Me dijiste que Elena necesitaba un tratamiento experimental para no morir —contestó Rosa—. Ese tratamiento nunca existió.
Alejandro miró a Patricia.
—Tú dijiste que tu mamá iba a ayudarnos.
—¡Porque tú dijiste que necesitábamos efectivo!
En menos de un minuto empezaron a culparse.
Los dejé.
A veces basta esperar para que dos mentirosos destruyan ellos mismos la historia que ensayaron juntos.
Después abrí mi carpeta.
—También faltan seiscientos treinta y tres mil pesos del fondo médico de tu madre.
Alejandro palideció.
—Papá…
—Tengo fechas, transferencias y estados de cuenta. Uno de los retiros ocurrió veintiocho minutos antes de pagar la reservación de su hotel.
El silencio cambió.
Ya no era incomodidad.
Era miedo.
—Yo pensaba devolverlo —dijo.
—¿Cuándo? ¿Después de que tu madre muriera?
—¡No digas eso!
Saqué otra hoja.
—Entonces explícale a todos por qué, antes de viajar, preparaste un comunicado para anunciar su muerte.
Alejandro dejó de respirar por un instante.
Patricia lo miró sorprendida.
Al parecer ni siquiera ella sabía de esos documentos.
Leí parte del borrador.
Él se presentaba como un hijo dedicado que había coordinado todo “desde el extranjero”.